Lo amó hasta la muerte y él no pudo salvarla
Noticias de Quintana Roo | Diario La Verdad
Se puso pantalón azul y blusa roja, se maquilló y se planchó el pelo. Iba a encontrarse con el amor de su vida, el padre de sus tres hijas, al que amó hasta el día de su muerte, el Día de los Enamorados.
Katia Gissela Figueroa Franco era romántica, trabajadora y entregada a su familia, relatan sus amigos y parientes, y lo comprueban las fotografías del álbum beige mostrado por uno de sus amigos, que se encontraba en la casa de la hoy occisa apoyando a los familiares.
Por esa misma entrega no abandonó a su esposo Jaime William Aguirre durante los diez años que llevaba en prisión.
Toda esa década, Katia iba al centro penal de Comayagua religiosamente los miércoles, sábados y domingos, días de visita. Los fines de semana la acompañaban sus hijas Cinthia, Leonela y Melani.
Katia y sus pequeñas tenían apenas cuatro meses de haberse mudado a la colonia Brisas de Altamira, a unos tres kilómetros de esa cárcel que se había convertido en el hogar de su esposo y, al final, la tumba de ella.
Era comerciante y andaba en busca de un pequeño local para vender peluches, lociones y otros artículos. Se había convertido en la cabeza del hogar desde que su compañero estaba tras las rejas, “era padre y madre para sus hijas, era luchadora”, expresó con voz quebrantada el amigo de la familia.
“Mami, mami”
En la vivienda amarilla de dos plantas, donde Katia residía con uno de sus hermanos, estaban sus hijas, ahora huérfanas de madre y con su padre hospitalizado por las quemaduras que le dejó el incendio del centro penal, donde lo espera más tiempo tras las rejas.
A Cinthia, de 13 años, se le veía triste. Se asomaba inquieta una y otra vez por la ventana escuchando lo que se decía de su madre. Leonela, de cuatro años, sonreía a cada momento, ajena a la triste realidad, y la pequeña Melani, de apenas un año, era cuidada en una de las habitaciones de la vivienda.
“Era una chavala buena onda. No nos dábamos cuenta de que andaba ahí, pero vimos que se arregló. Andaba bien linda, sonriente”. Su amigo recordó la última conversación que tuvo con ella a las dos de la tarde del 14 de febrero. Luego no volvió a saber de ella hasta que el esposo les contó que murió quemada en una pila donde él mismo la dejó después de intentar salvarle la vida.
De pronto, unos gritos y el llanto de una niña provenientes del interior de la vivienda interrumpieron la conversación: “Mami, mami”. Era Cinthia, la mayor de las hijas de Katia, llorando desconsolada.
Tragedia tras tragedia
Cuando la familia de la pareja se enteró de la tragedia acudió inmediatamente al centro penal. Era el martes, casi a las once de la noche. Inmediatamente se comunicaron con los otros parientes de Jaime William, residentes en Nicaragua.
Todos creían que él había muerto hasta que se dieron cuenta de que estaba entre los heridos, hospitalizado. “Él la amaba y quiso salvarla. Está muy triste. Cuando nos dijo que ella había muerto estaba destrozado”.
Consternados, la madre y el hermano de Katia se fueron a Tegucigalpa para reclamar el cuerpo de ella, pero la desgracia siguió a esta familia en la carretera.
Explotó la llanta trasera del vehículo en que se trasladaban. El automotor se descontroló y dieron tres vueltas. Ahora permanecen internos en el Hospital Escuela.
“Creímos que mi papi estaba entre los muertos y cuando llegamos a Honduras nos dimos cuenta de que era ella. Viví unos años con Katia. No era mi mamá, pero me trataba como a su hija”, expresó Hayde Avilés, hijastra de Katia que vino de Nicaragua.
El dolor de la joven de 18 años es evidente. Piensa en sus pequeñas hermanas por parte de padre que perdieron a la mujer que las trajo al mundo.
“Cómo les vamos a decir que está muerta. Las más pequeñas no saben, pero lloran y preguntan por su mami, la ven en fotos y dicen ‘linda’”.
“Ella se me quemó ahí… ella quedó atrás”
Aunque intentó a toda costa salvarle la vida, sus esfuerzos no fueron suficientes.
El sobreviviente Jaime William Aguirre, de 49 años, subcoordinador del módulo nueve, narró escuetamente cómo intentó salvar a su esposa Katia Figueroa en medio de la desesperación por no poder salir de la celda que ardía en llamas.
Aguirre nació en Nicaragua, pero huyó del vecino país tras la guerra. Tiene lesionada una pierna por los disparos que recibió en esa época.
Está interno en el Hospital Escuela y cuando era trasladado en una silla de ruedas desde la sala de Quemados a la unidad de rayos X para practicarle unos exámenes comentó los minutos de horror que pasó durante el incendio.
El prisionero habló escuetamente mientras temblaba del dolor: “Nadie llegaba, nadie abría. Las botó más bien por un lado (no menciona quién) y después otro las fue a traer por un sanitario. Por él estamos vivos. Fue con valor, aunque se quemara; él se arriesgó”.
Muchos parientes y algunos reos anónimos hablan de una fuga en el presidio que pudo originar el incendio, pero Aguirre lo desmiente. “De fuga no sé nada, pero no fue correcto lo que nos hicieron. Yo estaba muy largo a las nueve cuando empezó el incendio, pero lo que sí sé es que nos tiraron a matar. No solo escuché los disparos; los sentí. Nos tiraban a pegar”.
Relató los últimos momentos que estuvo con Katia Figueroa, su mujer: “Me quemé los brazos y parte de la espalda. Ella se me quemó allí, ella quedó atrás. Es que la metí en la pila porque nadie nos ayudaba y después la quise sacar, pero ya no pude”, dijo con tristeza.
Así lo informó el portal de La Prensa de Honduras.



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